A veces me paro en el balcón a contemplar el caer de la lluvia en la tierra, las plantas, el cemento y la brea. Alguna gente piensa que los días oscuros y lluviosos son días malos; no les gustan. A mí me encantan, son una pausa de la cotidianidad. La brisa fría, el callar de muchos de los sonidos de la vida—ahogados en gotas que explotan al tocar las superficies—el olor de tierra y brea mojada. Todo es lindo cuando llueve y paso tres o cuatro minutos contemplando. Eso no se da siempre.
Corriendo por las calles mientras jadeo;
fuera Ares y su canto de bombardeo.
Fobos y Deimos, entre el aquí y el allá.
Por favor, que paren y que sea ya.
Mis hermanos fueron carne de cañón,
mientras otros bolsos pesan un montón;
claramente, no de conciencia, sino oro.
Y todo lo que queda, un callado lloro.
Se siente el vacío en la casa, en el cuarto, incluso en el balcón.
Se me escapan sonrisas aunque aún siento tu dolor.
No sé si estoy viva o solo es un apagón.
Estoy esperando a que regreses para despedirme de tu amor.
Encuentro tan difícil despertar hoy como lo fue ayer y como sé que será mañana. Encuentro difícil conectarme al escenario internacional, como un enchufe deteriorado por el tiempo y el descuido. Porque, como tal enchufe, no encuentro forma alguna de desconectarme del espectáculo de las maravillas de la modernidad. Abro los ojos, me conecto y, ante mí, esas maravillas inolvidables: los genocidios de diversos pueblos tatuados en mis retinas, en mi cerebro, que desde ese momento en adelante actúa como un disco duro con datos imborrables. Muevo la antena, me conecto al escenario regional y veo y escucho la hambruna, la discriminación y la pobreza. Jugando con algunos botones aquí y allá, logro llegar al escenario local. Esta emisora es especial, porque no tengo que mirar desde la distancia cómo las maravillas de la modernidad, del capitalismo, borran a otros como yo. En esta emisora, lo presencio.
Cuando pregunten por mí
diles que no me encuentro,
diles que en una noche pandémica,
ponderando en el silencio agonizante,
con la muerte de la oscuridad
también murió aquel
quien inconsecuentemente
hacíase llamar como yo.
Caen,
caen
de un afligido mundo
sonoras lágrimas sufridas,
y caen,
caen
ante nuestros inquietos y maltratados pies
las encarnadas gotas que de hermanos escapan.